La lealtad en mascotas, personas y clientes

IMG_20180217_132504-01.jpgDurante mis años de niñez en provincia mi familia tuvo tres mascotas: Un perico, un gato y un perro. Y ellos me enseñaron todo lo que sé sobre lealtad.

El perico fue el primero, tenía una jaula grande pero jaula al fin. A mis ocho años no me parecía justo que no pueda jugar en el jardín por lo que un día le abrí la puerta… y se fue. Mi familia me dijo que era obvio, que era mi culpa por abrir la puerta, que se iba a escapar a la primera oportunidad. Pero en mi cerebro algo estaba claro, una mascota que no se quiere quedar contigo realmente no es una mascota, solo es un animal atrapado.

Un día en la casa apareció un gato. Y como al parecer le caímos bien (y le dimos de comer) se quedó. El tema con el gato era que a veces lo iba a buscar y no estaba, regresaba a los días… súper cariñoso eso sí, al menos hasta que le dábamos comida. Me quedó claro que el gato tenía una vida tan o más interesante a la de mi casa en otro lado y que en verdad tampoco era una mascota realmente, solo nos regalaba su presencia cuando quería. No dudo que la pasaba muy bien con nosotros, pero también lo hacía en otros lados. Un día se fue y nunca regresó.

Finalmente en casa decidieron comprar un perro. Se suponía que era un Pastor Alemán de raza fina pero le habían pegado las orejas con chicle y cuando creció era obvio que mucho pedigree no tenía. Pero había algo que le sobraba y eso era lealtad. Se alegraba de verme, siempre estaba listo para jugar conmigo, me buscaba cuando estaba triste y se desesperaba hasta verme mejor. Era amistad sincera, sin condiciones, incluso cuando (como todo niño) yo podía tener momentos de crueldad.

Cuando llegó el momento de regresar a Lima mi padre dijo que el perro no podía acompañarnos. No teníamos espacio en la nueva casa, llevarlo no solo era un problema para nosotros (me dijeron) sino que el animal iba a sufrir. Era mejor dejarlo al cuidado de otra persona, un familiar en el campo que iba a quererlo mucho y donde el perro iba a ser más feliz. Así que lo subieron a una camioneta y tres horas más tarde estaba en su nuevo hogar.

Sin embargo el perro no entendió el concepto de nuevo hogar aparentemente. Al día siguiente nos llamaron a contarnos que se había escapado, no lo encontraban. Pasaron los días y todos terminamos muy tristes pues el pobre animal se había quedado sin familia antigua y sin nueva, probablemente perdido en alguna chacra, capturado o peor.

Pero un día llegué a la casa y lo encontré en la puerta. Sucio, cansado, pero feliz de verme. De alguna manera había recorrido los 250km de regreso a su familia. Ante este acto de lealtad ya nadie pudo decir que no se quedaba con nosotros. Viajó a Lima y se quedó en la casa hasta el día que murió. Nunca se quejó del espacio.

La lealtad que buscamos en nuestros amigos y en nuestros clientes se parece mucho a lo que yo viví de niño. Si tengo que mantener a mi cliente encerrado, creando cláusulas y reglas para que no se pueda ir… se irá en la primera oportunidad que tenga y no regresará más. Si le da igual estar con nosotros que con la competencia, apareciendo solo cuando le conviene o cuando no le cuesta trabajo, tal vez no es lo que necesitamos a largo plazo. Un buen amigo, un buen cliente, entienden que a veces nos vamos a equivocar (tal vez pensando en que hacemos lo mejor para ellos) pero a pesar de eso van a regresar a demostrarnos que la sociedad es a largo plazo y su inversión en nuestros productos no es solo económica sino emocional.

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